1-EMPEZAMOS A CONTAR

Hoy he empezado a leer otra novela de amor y lujo que son las que más me gustan porque se sufre algo, pero sin pasarse, lo que no sé es cuándo la terminaré, porque tiene un volumen que no veas.

Y yo que quería descansar un rato... todavía no he encontrado una postura en la que podamos acomodarnos los dos, el libro y yo. Todo el amor que no se encuentra por la calle debe de estar metido aquí dentro y por eso abulta tanto.

“María de la Riva no se ajustaba exactamente al patrón de belleza que estaba de moda, pero eso era algo que parecía no importar demasiado a la corte de hombres que la cortejaban de continuo...”

¡Hay que ver la suerte que tenía esta chica! No es fácil que pasen esas cosas, pero bueno, se supone que las novelas están para eso, para hacernos vivir historias que no son frecuentes en la vida real, igual que pasa en las películas, porque si los escritores o los guionistas de cine no le echasen un poco de imaginación al asunto, seguro que no comían caliente ni dos días seguidos...




A mí me encanta leer, porque me sumerjo en el libro, y durante ese rato me olvido de lo mío, me traslado a ese “otro mundo” que me están contando, pero eso sí, tiene que ser con mucho amor y un lujazo tremendo por el medio, porque para tristezas ya está la vida real.

Ya sé que tal vez este tipo de lectura, no sea la más enriquecedora culturalmente hablando, pero oye, hay momentos en los que perdono la cultura en favor de la distracción. No me apetece leer relatos en los que haya desgracias o dificultades económicas, porque para eso no necesito abrir ningún libro, me basta con mirarme al espejo, y ya digo que lo que busco cuando me pongo a leer es relajarme y disfrutar, no pasar el rato con el pañuelo en la mano.

Claro que también hay que reconocer que después, cuando dejas de leer, se te baja la moral a los pies, porque el parecido entre la novela y la realidad, es pura coincidencia.

Además, se corre el riesgo de creerse demasiado las cosas y aislarse en un mundo de fantasías en el que, al final, te quedas más sola que la una.

Eso estuvo a punto de pasarme a mí, menos mal que reaccioné a tiempo.¡Cada vez que me acuerdo...! ¡Si George Clooney hablara...!

Bueno, quiero decir que si hablara el póster de George Clooney que tengo enfrente de mi cama, podría contar muchas cosas, desde los ratos aburridos que me he pasado aquí sola, hasta los ratos menos aburridos que me he pasado pero no tan sola...

¡Menos mal que no habla! Al menos soy de las pocas que pueden presumir de tener un secreto con Mister Clooney ¿A que sí?

Me estiro en el sofá, bueno, me estiro pero sólo un poco, porque en estas casas modernas no hay sitio ni para estirarse, son tan pequeñas, que en apenas cincuenta metros cuadrados tienes que arreglártelas para tener salón-comedor, cocina-office, un pequeño dormitorio en el que conviene dormir poco y rápido porque si no, te despiertas entumecida, y un cuarto de baño en el cual no me podré bañar nunca, entre otras cosas,
porque no tiene bañera, simplemente, una especie de plato en el suelo, para la ducha.


O sea, que más que un cuarto de baño, tengo un juego de desayuno, con el plato para la ducha y la taza para... bueno, para otros menesteres.

Pero como vivo sola, (sí, estoy soltera.¿qué pasa?)
no me quejo, eso sí, procuro no engordar excesivamente, y no por guardar la línea, que no se me da muy bien, sino para poder seguir viviendo en este piso, porque de lo contrario, no podría ni entrar en él de lo pequeño que es.
Ahora, eso sí, hay que reconocer que tengo unas vistas preciosas: si me asomo por la ventana del salón-comedor puedo ver cómodamente la televisión de los que viven enfrente de mí, y si me asomo por la del dormitorio, puedo saber si mis otros vecinos han cambiado las sábanas de la cama o las toallas del baño, pues disfruto de una posición privilegiada pegadita a su tendedero.

Ya estoy acostumbrándome, pero al principio temía que si mi vecina y yo nos asomábamos a un tiempo por la ventana de forma un poco impetuosa, podríamos abrirnos nuestras respectivas cabezas sin mucho esfuerzo.

Este problema está evitado en el aseo y en la cocina, donde no hay ventanas.

Pero es así, no hay forma de encontrar sitios mejores a precios asequibles. Digo asequibles y no razonables, porque esos ya me he dado cuenta que no existen.

Tengo la impresión de estar trabajando para este piso, y no de tenerlo para mi uso y disfrute. Se me va medio sueldo en pagar la renta, y lo peor de todo, es que no puedo dejarlo libre ni el mes que me voy de vacaciones, porque cuando volviese ya lo habrían ocupado, y una no puede pasarse la vida buscando piso año tras año.

¿Qué se le va a hacer? Al menos tengo un lugar donde venir cuando salgo de mi trabajo, un sitio donde descansar, estar en silencio... Bueno, en silencio del todo, no.

Tengo que poner la música bastante alta para no oír a los niños que viven ahora en el piso de arriba. Son adorables, todo el día arrastrando sillas y juguetes por el suelo, peleándose y voceando, mientras su madre, completamente histérica (no me extraña, desde luego) se pasa el día asegurando que les va a matar, pero no acaba de decidirse. A veces me siento tentada de subir y decirle que yo puedo hacer ese trabajo encantada.

Cuando mis tiernos vecinitos duermen y se supone que ya puedo disfrutar de ese dulce momento de reláx, me preparo un cola-cao, me agarro a una de mis novelas, y cuando me tumbo en la cama, en vez de escuchar el sonido del silencio (qué bonita me ha quedado esta frase, un poco cursi, pero bonita), la ausencia total de ruidos, puedo escuchar perfectamente los ronquidos de otro vecino, esta vez, colateral.

¡Pero bueno! ¿De qué se hacen las paredes a hora? Me da la impresión de tenerle metido conmigo en la cama, por no contar el festín de los sábados, que ya se sabe: “sábado, sabadete...” Ese día asisto a la retransmisión completa de todo el proceso, con gritos y susurros incluidos, menos mal que el bueno de mi vecino es rapidito y se queda en un momento como un tronco.

Nunca pensé que esas cosas se pudiesen programar a un día fijo, como el que va al fútbol los domingos o algo así. Está visto que cada vez hay menos sorpresas en nuestras vidas y más monotonía.

¡Que me lo digan a mí! De casa al trabajo y del trabajo a casa. Sobre todo, al poco de instalarme aquí, no me daba tiempo de más, llegaba tan cansada que era incapaz de salir otra vez, aunque fuese para ir de juerga como hace la gente que conozco.

Lo que pasó es que atravesé una etapa muy complicada, yo creo que tuve una crisis de identidad, bueno, no sé si será exactamente eso, pero por lo menos es un nombre muy aparente, porque lo de las depresiones ya está muy visto. Ya que una ha tenido problemas, por lo menos poder presumir de ellos con un nombre que impresione un poco.

¿Y cómo no iba a tener problemas si no me aceptaba tal como soy?


Me explico, y para explicarme, tengo que describirme a mí misma.

Me pongo frente al espejo y ¿qué veo? En principio una chica normal.

¿Qué soy baja? Bueno, tal vez sea simplemente un tamaño más manejable que el de otras.

¿Qué tengo el pelo lacio y la cara redonda? No pasa nada, desde luego no tengo los “morros” de Sara

Carbonero, pero yo me arreglo.

Si continúo descendiendo en la descripción, puedo seguir hasta abajo, porque desde el cuello hasta los pies no tengo ni una sola prominencia, estoy completamente lisa. Siempre pensé que el tener una buena delantera era sólo importante para los equipos de fútbol, pero ya he visto que no.

También soy un poco ancha de caderas, bueno sí, un poco culona, pero ¿hay algo más deseable que ese dulce vaivén que producen al andar unas buenas caderas? Pues sí, debe de haberlo porque todavía nadie se ha decidido a secuestrarme atormentado por el deseo.

Además, no fumo; en vez del café prefiero un cola-cao calentito, no puedo beber porque sólo con ver la botella me mareo entera. No es que piense que no fumar o beber es malo, al contrario, estoy convencida de que es lo mejor para mí salud, pero también que es un problema a la hora de “alternar”, porque resulto ser un “coñazo”, un muermo, un aburrimiento y el “hazmerreír” de mis acompañantes.

Pero no acaba aquí mi “singularidad”, no: por si esto fuera poco, a mis treinta años recién cumplidos, todavía no me había estrenado, o sea, era virgen.

Es verdad, la mala suerte se cebó conmigo, porque cada una de estas cosas, por sí solas ya serían un problema, pero es que al darse todas juntas en la misma “persona humana”, fue un abuso, hombre, fue demasiado.

Todo esto tiene repercusión en la vida social, porque claro, si voy con los amigos de copas, cuando ellos piden cubatas, yo pido un zumo de melocotón, y ya te miran como si fueses un bicho raro. Si vamos de vinos, yo al tercer mosto ya me siento empalagada, y si quedamos para tomar un café, se ríen a mi costa cuando yo me pido el consabido cola-cao.

En el terreno sexual era aún peor, porque como no quería que los chicos se diesen cuenta de que soy novata, en el momento en que me ponían la mano en el hombro, ya salía corriendo, y claro, así me tiré un montón de años, porque era un círculo vicioso del cual no sabía cómo salir.

Por un lado, me decía que cada uno es como es, que no tenemos por qué ser todos como borreguitos y tener los mismos gustos y las mismas formas de pensar, pero por otro lado, miraba a mi alrededor y me sentía como un buzo en el desierto, siempre me veían como “la rarita”,”la ñoña”, “la estrecha”, y eso tampoco me gustaba.

Me resistía a cambiar, es decir, me resistí mientras pude, pero una no es de piedra (ya era lo que me faltaba) y ahí empezaron todos mis problemas.      

                                  (Mañana más. ¿Te lo vas a perder?)


3 comentarios:

www.socoramos.blogspot.com dijo...

!Ay, madre, a cuanticas nos ha pasado lo mismito... pero eran otros tiempos, claro. ¿qué será de Puri cuando "se estrene"? Que hay cosas muy, pero que muy golosas y como se empiece...

Carlos Garcia dijo...

chale que mal pede

Carlos Garcia dijo...

chale que mal pede