19- LAS DURAS TAMBIÉN LLORAN

       Además de que nadie me vio llegar con Mario, luego no hicimos ni un solo ruido, nada de preparar escándalos, música, jaleo...nada, yo soy aburrida hasta para eso, ni siquiera las noches de fiesta me salen toledanas.
    Procuré aparentar indiferencia, vamos, como si estar allí solos, aquel pedazo de hombre y yo, fuese para mí lo más natural, pero luego me lo pensé mejor y decidí que tampoco había que pasarse demasiado, a lo mejor tanta indiferencia no era buena. “En el término medio está la virtud” que me decía mi madre cuando era pequeña., claro que prefería no recordar a mi madre en aquel preciso momento, y además, tampoco quería acordarme del término medio, en el que llevaba posada toda la vida y así me había ido,  ya me la jugaron buena poniéndome de nombre “Purificación”, que parece que me predestinaron, menos mal que no se les ocurrió ponerme de segundo nombre “Inmaculada”, porque vamos, me rematan.
    -Verás, Puri, te preguntarás a qué viene tanto misterio- dijo justo cuando estaba a punto de agarrarle por el cuello y hacerle que “cantara” ya de una vez.
     -No, hombre, tranquilo- mentí como una bellaca.
     -Llevo mucho tiempo queriendo decírtelo, pero en realidad, no me he atrevido.
      La cosa estaba seria, el tío se andaba con remilgos, y yo allí, deseando decirle: “Desembucha, chico, que es para hoy”, pero claro, había que sujetarse, darle confianza. Y yo que me había pensado que era la más tímida del mundo... Está visto que a todo hay quien gane.
 


    -Bueno-dije muy tierna- tú no te preocupes, dime lo que quieras.
   ¡Qué mona! ¿No? Me dieron ganas de besarme a mí misma de lo bien que lo estaba haciendo, porque a pesar de estar a punto de comerme las uñas hasta los codos de la impaciencia, no creo que se me notase nada, como no fuese por un tic que me había entrado en una pierna  que no podía pararse quieta.
    -El caso-siguió- es que bueno, yo soy un poco...bueno...algo tímido.
 ¡Y qué bien lo disimulaba ! Si con el carrerón que llevaba desde que trabajaba en la oficina cepillándose a todo lo que tenía sexo femenino, no había quedado libre nadie más que yo... ¡Menos mal que era tímido! porque si no, no se libra ni la de la cafetería de abajo, que rondaba la centena de años. Pero nada, si él decía que era tímido, pues hala, no sería yo quien le llevase la contraria, no íbamos a discutir por eso.
    -No sé por dónde empezar, Puri, de veras me resulta difícil todo esto, pero realmente tengo que decírtelo.
    -Pues tú mismo, dime, dime.
    Ya sólo me faltaba tirarme al suelo y pedírselo de rodillas, porque yo no había hecho un alarde de paciencia tan grande en toda mi vida.
      -Verás, no me atrevería a decirte nada de esto si no fuese porque hablé con tu amiga Marta esta mañana y ella me dijo...bueno...que tú eres una persona...ya me entiendes...quiero decir...experta.
      ¿A que al final me iba a pedir que le enseñase a hacer pastel de manzana? Porque a parte de eso, no podía imaginarme en qué le había dicho Marta que yo fuese experta, pero no me dio tiempo a preguntar, ya se había soltado a hablar y era cuestión de escucharle.
        -Te parecerá imposible lo que voy a decirte, porque me habrás visto continuamente por ahí, siempre con mujeres, alternando, creándome una fama de play- boy a lo mejor...
         ¿"A lo mejor"? ¿Y todavía lo dudaba? Si algo tenía yo bien claro era que Mario no era la reencarnación de la Madre Teresa de Calcuta, precisamente, y es que no era sólo que yo lo pensase, era que él se había molestado mucho en dar esa imagen a todo el mundo.
        -Pero no importa lo que uno haga-seguía muy concentrado- lo importante es lo que hay dentro, por eso me he decidido a venir aquí y hablar contigo.
     Que se había enamorado de mí lo tenía yo, a esas alturas, más claro que el agua, porque a ver qué otra cosa podía decirme con aquellos prolegómenos tan evidentes.
    Y entonces me atusé el pelo, me remojé los labios casi como relamiéndome de gusto,  y hasta me sentí atractiva y todo.
    El seguía su discurso, pero yo estaba ya en el séptimo cielo. El traje me estaba matando de tanto como me apretaba, así que me solté un botón de la cintura, bueno, dos, porque uno sólo no hacía nada. Me quité la chaqueta como quien no quiere la cosa, y me desabotoné un botón de la camisa “sin querer queriendo”. Estaba arrebatadora, vamos, digo yo, porque a mí me parecía que debía de ser irresistible.
    -Habrás oído contar mil historias mías con unas y con otras, no sé la opinión que tendrás formada de mí, pero tengo que decirte que en todo eso no ha habido nada de cierto, sólo la fama, sólo las habladurías que dejé que fuesen en aumento para esconder la realidad.
    
 ¡Angelito! Si además de lo bueno que estaba, me iba a resultar hasta decente y todo, y lo que debía de quererme la criatura para contarme todo aquello así, tan llanamente, con tanta sinceridad.
    Yo no decía nada, para una vez que alguien se me iba a declarar, no iba a interrumpirle. Además, daba hasta gusto que le regalasen a una los oídos de aquella manera.
   -Ya estaba desesperado, Puri, ya no sabía qué hacer hasta que Marta me animó esta mañana para que viniese a hablar contigo cuando le dije que andaba un poco depresivo y me contó que tú de esto sabías mucho.
        -¿De depresiones? –pregunté ya un poco intrigada sobre lo que Marta hacía en todo aquello.
        -No- contestó- de lo demás…
        ¿De "lo demás"? ¿Qué era "lo demás"? Es que, vamos, me corroía la intriga, no sabía cuándo demonios iba a soltar ya lo de “te quiero”.
         -Te necesito, Puri, de veras que te necesito...
       ¿No era un encanto? ¿No era para comérselo a besos?
        -Cómo no me ayudes, no sé lo que voy a hacer- dijo mirándome con los ojos más tristes del mundo.
   -Bueno, Mario- empecé a decir- la verdad es que yo también…
    Pero me interrumpió, no me dejó seguir, estaba claro que le había costado arrancar, pero cuando cogía carrerilla no había forma de pararle, y yo tampoco tenía mucho interés en que parase tal y como estaban las cosas encaminadas.
     -No me digas nada, sé que no tengo derecho a venir y pedirte ayuda, sé que, al fin y al cabo, en todo este tiempo he hecho caso a todas menos a ti, pero no me imaginaba nada, no podía suponer que detrás de tu imagen de persona recatada, casi reprimida, se escondía alguien tan experimentado, alguien que puede ayudarme.

    Se debía de esconder mucho la persona aquella a la que él se refería, porque yo no la había visto nunca, casi me dieron ganas de darme una vuelta por la casa a ver si es que no estaba hablando conmigo, pero qué va, despejó mis recelos en seguida.
    -Puri- ya no cabía duda, se refería a mí- ayúdame a vencer esta timidez, no me vale de nada la fama conquistador que tengo si en el fondo nada es cierto.
“¿Nada es cierto?” ¿Cómo que “nada es cierto”? ¿Qué quería decir? ¿A qué se refería?
 -¿Qué quieres que haga?- le pregunté ya al borde de la intriga más absoluta.
 -No me atrevo a pedírtelo, no sé cómo lo tomarás...
    “¡Bien, hombre bien!,me dieron ganas de decirle, ¡Pide por esa boca!” Si aquel hombre de veras me quería, y ya no tenía ninguna duda al respecto, ¿qué podía yo negarle? Estaba la cosa como para andarse con tonterías, encima.
    -Ten confianza, la verdad es que yo también siento...- intenté decirle, por animar, más que nada, pero era inútil, porque no me dejaba terminar.
    -Lo sé, Puri, lo sé. Sé que no tengo derecho, pero el tiempo se me echa encima y no quiero quedar mal...
      Yo no le veía tan mayor, si es que era eso a lo que se refería, a mí me parecía que era la edad ideal para mí, y no me explicaba en qué podía él quedar mal, con la planta que tenía.
    -Tenemos mucho tiempo por delante-dije yo que lo había visto una vez en una película y había quedado muy bien.
    -Bueno, no creo que tampoco sea necesario mucho tiempo...quizá baste con tener un poco práctica, lo suficiente como para entrar con buen pie en el matrimonio...
    ¡Madre mía! Desde luego, la vida había sido tacaña conmigo hasta entonces, pero anda que me había merecido la pena esperar. Y total, tampoco me había costado tanto, estaba claro, era un hombre físicamente muy agradable, con trabajo, con una fama de seductor de la que renegaba y que ni siquiera estaba basada en hechos reales, y por si era poco, en la primera cita dejaba bien claro que sus intenciones eran serias, para que no me quedasen dudas a cerca de él, vamos, un hombre de los que ya no quedan.
    -¡Mario!-le dije emocionada.
    -Sólo tú puedes sacarme de este lío, Puri, de verdad que con las demás no he sido capaz de nada, sólo de verlas con ese aspecto de mujer fatal, de tener tantas ganas de echarme el guante, me era imposible ser sincero con ellas como lo estoy siendo contigo, por eso prefería dejarlas que hablasen, sin desmentir nada de lo que decían.
     ¡Y mira que habían dicho! Algunas, efectivamente, contaron que Mario no había intentado nada con ellas, pero otras lo adornaron bien adornado para que nadie dijese que no eran su tipo...¡claro! ¿Cómo iban a serlo ellas si su tipo era yo? ¡Qué rico era! Y tan tierno y cariñoso...No hacía falta que siguiese justificándose más, yo le perdonaba todo aquello tanto si era cierto como si no. Estaba deseando que me tomase en sus brazos, que me besase con pasión, no podía faltar ya ni un minuto para que lo hiciese.
     -Compréndeme, yo solo me he creado esta fama y ahora no me gustaría que Ana lo descubriese, sería como darle a entender que soy un estafador, y ella tiene tanta experiencia...
       Un momento, o yo me había perdido algo, o aquello no era lo que parecía.

    -¿Quién es Ana?-pregunté sin acordarme en aquel momento de la dichosa chica de la planta de arriba.
     -Ana, mi novia.
     -¿Tú novia? ¿Qué novia?
     -Creí que lo sabías, voy a casarme con ella en menos de un mes.
      Y yo iba apuntarme a “Gilipollas sin fronteras”, pero vamos, en una categoría de las altas.
       O sea,  que todo aquello no era para declararse, o sea, que no estaba ni una pizca enamorado de mí, que lo del matrimonio era para otra, que yo lo había interpretado mal desde un principio. Entonces ¿qué demonios quería de mí?
    -Sí, sí, claro que lo sabía.
    No tenía ni la menor idea de que iba a casarse, pero había que salvar mi honor como fuera y no dejar que se me notase lo imbécil que había sido.
    -¿Me entiendes, Puri? Comprenderás que según es ella de experta no puedo llegar ahora y decirle que mi fama es mentira, que en el fondo soy un tímido, que nunca me he acostado con ninguna chica...Todo este tiempo he ido dándole largas, disculpando mi actitud con ella, diciendo que me hacía ilusión que nos estrenásemos nuestra noche de bodas, pero claro, el día se está acercando y no puedo esconderlo más...
    Yo, en aquel momento, también tenía una ilusión,  la ilusión de mandarle a la mierda, por ejemplo.
    -Marta me dijo que hablase contigo, que tú dominabas este tema y que no te importaría ayudarme.
    -¿Marta te dijo eso?
       Realmente es cierto que a veces las amigas, por ayudar, te arman unas faenas pistonudas. Debí de haber imaginado que detrás de aquello sólo podían estar Marta y sus singulares ideas.
      Todavía no podía creerme que aquel monumento al sexo masculino (que no al sexo fuerte), me estuviese confesando que tampoco se había estrenado, que todo habían sido apariencias, que era tan inexperto como yo, pero encima con fama de todo lo contrario, que no sé si no será peor que lo mío.
   Fue entonces cuando me soltó la segunda parte, la intención verdadera de todo aquel lío.
   -Mira, Puri, tú sabes de este tema más que yo, Marta dice que eres una maestra en el campo del sexo, me bastarán unas cuantas lecciones prácticas, la teoría...ya la sé. ¿Qué me dices?
     
              Miré por todos los lados, seguro que en algún sitio estaba escondida la cámara, porque aquello se tenía que tratar de una broma de las de la cámara oculta o algo así. Seguro que era el día de los inocentes o el cumpleaños de alguien al que querían hacer reír a costa mía.
   -¿Cómo lo ves, Puri? Comprendo que te resulte extraño, y si me dices que no, también te entenderé. 
    -La verdad, Mario, es que me has sorprendido un poco...
    Nunca había dicho una verdad tan grande, aunque a él le debió de sonar a chufla, con lo veterana que me creía, pero lo dije para ir ganando tiempo, mientras discutía conmigo misma la actitud que debía tomar.
    -Lo comprendo, Puri, piénsalo, no tiene por qué ser hoy.

 Aquello, efectivamente, me hizo pensar, porque conociéndome como me conozco, me pregunté cómo reaccionaría yo al día siguiente si me paraba a pensar con detenimiento, y llegué a la conclusión de que las cosas, cuando mejor salen es cuando se improvisan.
   -Sí, ¿por qué no? Si quieres no hay problema, hoy mismo- le dije ante su asombro, y el mío.
   Ni yo misma me creía que aquellas palabras hubieran salido de mi boca, pero si bien es verdad que me había creído a pies juntillas que Mario me iba a confesar su secreto y apasionado amor por mí, después del trompazo que me llevé al darme cuenta de la realidad, sólo tenía dos caminos. El primero, era seguir ondeando la bandera de la decencia y echar de allí a patadas a aquel sinvergüenza que se atrevía a hacerme semejantes proposiciones, y el

segundo, era seguirle la corriente, total, si él era tan inexperto como decía, no iba a notar mucho que yo también lo era, así que, decidí poner a media asta la dichosa bandera que proclamaba la moralidad y de la que ya estaba bastante harta, y lanzarme a ver lo que pasaba.
      Mario no esperaba que yo aceptase tan rápido, tal vez debí de hacerle esperar un poco más, pero corría el riesgo de que entre tanto apareciese su novia o incluso otra que no lo fuese, y yo me quedase otra vez a verlas venir, o para ser más exactos, a verle marchar, y además, lo de aceptar de tan buena gana sirvió para confirmar la idea que él tenía de mí, que yo estaba “muy suelta” en el tema, vamos.
      Antes de entrar al ataque, pensé que ya que me iba a ofrecer de institutriz, bien podía curiosear un poco en su vida.
      -Y siendo tu novia tan experta ¿se ha conformado con esperar al matrimonio?
      -No podía hacerlo de otra forma. Ana tiene un carácter muy especial, creo que lo que más le atrajo de mí fue mi reputación, se pasa el tiempo diciendo que no hay mujeres frígidas si no hombres inexpertos, por eso no quiero que se de cuenta, y estoy seguro de que me lo va a notar...Esta situación me pone tan nervioso que no creo que fuese capaz de hacer nada con ella por mucho que quisiera disimular. Tengo que sentirme seguro, y a eso sólo puedes ayudarme tú.
    ¡Pobre hombre! Después de todo me daba pena, se le veía tan enamorado de aquella imbécil, pero a la vez tan temeroso de no hacer un buen papel con ella, que inspiraba cierta ternura. Está claro que los hombres no soportan las situaciones en que la mujer lleva claramente la delantera, y mucho menos si es en la cama. Me dieron ganas de subir con él a casa de Marta y poner allí a Nelson a trabajar, para que aprendiese un poco,  y de paso, yo también. Pero con la experiencia del porro y el whisky había tenido suficiente para darme cuenta de que en los terrenos que uno no conoce es mejor ir con calma que entrar a saco, y en el aspecto sexual, no iba a ser diferente.
   Pensé que tampoco tenía por qué hacerlo con un hombre que iba a estar pensando en otra, pero la verdad es que si ese hombre era el que yo quería y no iba a tener otra manera de estar con él, sería bien tonta si dejaba escapar aquella oportunidad. Luego pasa lo que pasa, que los años dejan su huella, y todo empieza a caerse, hay colgajos por aquí y por allá, y ya hay que pensárselo mucho antes de entrar en intimidades con nadie. Treinta años es una edad estupenda para muchas cosas, y para aquello también.
    -Ven Mario- le dije cogiendo su mano y llevándole hacia el dormitorio, dándome aires de suficiencia mientras las piernas me temblaban como si fuesen de alambre.

 La verdad, es que en la oficina era un auténtico torbellino, derrochaba simpatía y naturalidad con todo el mundo, pero así, en la intimidad, el pobre era de una timidez apabullante. Dicen que hay cosas que tienen el encanto de lo lejano, y que cuando las conseguimos desaparece ese encanto y pasan a ser aburridas. Pero a mí no me ocurrió eso.   
  Había soñado tantas veces con aquel  momento que me daba miedo despertarme y estar sola en mi cama, abrazando la almohada en vez de su cuerpo y teniendo frente a mí el mítico póster de Richard Gere en vez de Mario, mi Mario. Pero no, por una vez lo que estaba viviendo era la realidad, un poquito ensombrecida, eso sí, pero no quería pararme a pensar en cosas tristes en aquel preciso instante, quería disfrutarlo, vivirlo con tanta intensidad como pudiera, yo era fuerte, podía con todo, ya pensaría más tarde, justo entonces no, prohibido pensar.

 Mira que tenía que estar cortado para que hasta a mí me lo pareciese, no sé cómo definirlo, era una mezcla de timidez y prisa que en el fondo me hacía gracia. 
  La correa del reloj se le enganchó en el encaje de mi sujetador y estuvimos media hora allí para poderlo soltar, dale que te pego con la teta para acá y para allá. La cremallera de su pantalón pilló la camisa y no había forma de bajarla. Los gemelos de los puños se le atravesaron y terminó por sacarse las mangas sin soltárselos, en fin, todo un desastre que ni en bromas me hubiese imaginado en él.
 Tengo que reconocer que Mario no se lució mucho, y eso que, aunque las comparaciones son odiosas, no tenía nada que envidiar a Nelson, al menos en lo que a simple vista se podía percibir .
  El resto tampoco estaba nada mal: complexión atlética y unos músculos que le debieron de costar sus buenas horas de gimnasio, pero táctica, lo que se dice táctica, no tenía ni gota.
  
Me besó muy bien besada, la verdad, no sé si serían las ganas que tenía yo de que llegase aquel momento, lo enamorada que estaba de él o lo poco que me habían besado, pero a mí me sentó fenomenal. La poca ropa que nos quedaba fue cayendo mientras seguía el besuqueo y yo notaba mi corazón a toda máquina dentro de mí.
   Aquel hombre que tanto había perseguido, por el que había intentado cambiar, por el cual había hecho tantas locuras, era el mismo que tenía achuchándome y comiéndome la oreja sin parar. No importaba ya las vueltas que había dado el destino ni las circunstancias que habían tenido que coincidir para que, en aquel momento, estuviésemos allí en brazos uno del otro, ya me daba exactamente lo mismo el motivo por el que él estaba en mi casa aquella noche, me limité a pensar que estábamos él y yo, solos los dos, y que tal vez dentro de cinco minutos ni se acordase, pero nadie podría ya quitarme lo que estaba viviendo.
  Me dio pena tener solamente dos orejas, hubiera querido tener doscientas para que se pasase el rato comiéndomelas todas y susurrándome no sé qué en ellas, porque no sé lo que decía, pero eso era lo de menos.
  Respiraba muy profundo, a veces parecía como si el aire le faltase y me asusté, porque pensé que a lo mejor era asmático y le daba una crisis. Yo era muy capaz de estropear situaciones estupendas.
  Pero no. Ni le dio una crisis, ni se murió, ni nada.
  Fue muy tierno, casi infantil, y me inspiraba tanto cariño que si era experto o no fue lo de menos, tampoco estaba yo para poner nota a nadie.
  -¡Puri! – decía con la respiración entrecortada. Y por primera vez me gustó mi nombre, porque dicho así, de aquella manera tan cálida, sonaba hasta bonito.
   Estaba muy nervioso, se le notaba a la legua, y eso que yo tampoco es que estuviese relajada, pero no me importaba en absoluto, sólo quería sentirle, tan cerca de mí que hasta con los ojos cerrados le veía, con su pelo revuelto encima de mi cara, con los ojos entornados y su boca pegada a la mía.
  “Te quiero-pensé mil veces mordiéndome la lengua para que no se me escapara- Te quiero la ostia”, y una lagrimita inoportuna se fugó desde mi ojo hasta la almohada donde desapareció para siempre  por rebelde. Que no quería llorar, demonios, que yo soy muy dura, pero que muy dura.
  Se me caían los mocos de tan emocionada como estaba, es que los mocos siempre se caen cuando menos lo esperas, no me digas.
  Cuando todo terminó no me atrevía ni a moverme, por si acaso se me rompía alguna cosa, porque no tenía ni idea de cómo estaban mis huesos, con la de vueltas que habíamos dado. Fue él el que se incorporó y me besó otra vez muy despacito.
 -¿Estás bien?- me preguntó.
 -Sí, ¿y tú?
 -Eres maravillosa, Puri, maravillosa.
  
 Yo no quería que me dijese nada más, porque estaba a punto de romper a llorar y no era plan montar el numerito, pero como estaba en pelota picada, tampoco me atrevía a levantarme de la cama y andar así tan campante por allí buscando mi ropa que a saber dónde estaría.
  Quise hacer como en las películas, coger la sábana, enroscarme en ella y levantarme al baño, que quedaba mucho más fino, pero era como si la sábana de mi cama estuviese pegada con cemento, por más que tiraba de ella no había forma de soltarla, y cuando por fin lo conseguí, me di cuenta de que si me levantaba con la sábana, le dejaba a él allí, a la intemperie, y tampoco era eso.
 -¿Quieres levantarte? ¿Te traigo una bata?
 Asentí con la cabeza, porque hablar no podía. Mario se levantó sin tanto pudor como yo y me acercó una bata que había colgada detrás de la puerta, mi bata de flores y gatitos, esa que tiene todo el mundo detrás de la puerta de su cuarto.
  Me fui para el baño y le dejé sentado en la cama, con la cabeza entre las manos, como si estuviese pensando o le doliese un montón.
  Y una vez sola, pues hala, ya no me pude reprimir más y agarré un berrinche que no había forma de pararme, porque se ve que soy dura, pero vamos, no tanto como yo pensaba, a lo mejor ni siquiera soy un poquito dura, vamos, como siempre, del montón...
    
  Pensé en lo bonito que había sido todo, en que al final había tenido la suerte de estrenarme con el hombre al que quería, que le había tenido sólo para mí y que la cosa no había salido tan mal como podía parecer en un principio dada la experiencia de los dos. Entonces ¿por qué demonios me sentía tan triste? ¿ Por qué no había forma de dejar de llorar?
   Bueno, mirándolo bien, todo había sido perfecto salvo dos o tres detalles, y esos, precisamente, eran los que me hacían estar así.
   Mario no era para mí, quería a otra persona, por ella estaba haciendo todo aquello, y yo, que le adoraba, no había podido decírselo ni una vez para no quedar como una tonta y complicar más aún la situación. Pero nadie me había engañado, ya sabía todo aquello cuando hacía un rato me había lanzado a la aventura, tenía que ser consecuente con la decisión que había tomado y asumir la situación.
   “¿Qué esperabas, Puri? me pregunté, ¿Qué cayese rendido a tus pies y en cinco minutos olvidase a su novia para pedirte en matrimonio? Venga, guapa, mira a ver si dejas de leer tanta novelita clónica y aterrizas en el suelo, que ya eres mayorcita”
  Sé que no era el momento ideal para echarme aquella bronca yo sola, pero tenía que ponerme seria si quería dejar de llorar y salir del cuarto de baño antes de que Mario pensase que tenía una diarrea galopante.
  Me miré al espejo y daba pena de verme. Para eso había gastado tanto tiempo y dinero en el salón de belleza, para eso me había comprado las malditas lentillas que dormían el sueño de los justos en una cajita de plástico en un cajón del armario, lo mío no tenía arreglo posible, tenía la cara como una berenjena, hinchada, enrojecida y como si me hubiesen caído diez años encima de un plumazo.
  No me quedó más remedio, tuve que salir de allí porque me daba corte estar tanto tiempo encerrada.
  Mario se había vestido y estaba de pie en la sala, mirando por la ventana, dejando alucinada a la vecina de enfrente que en aquel momento también estaba asomada y se había quedado de piedra al ver aquel  hombre en mi ventana.
  Mario, al oír que yo salía, se dio la vuelta y cerró la cortina, la vecina también se metió para dentro (de su casa, no de la mía).
  -Estás preciosa, Puri, bueno, eres preciosa.
   Se acercó a mí y me abrazó, yo quise soltarme, porque no me apetecía que me diese otra vez por llorar y como siguiese así, no iba a haber forma de evitarlo, pero no pude, cuanto más me mandaba mi cabeza separarme de él, más fuerte le apretaban mis brazos, yo soy así de desobediente hasta para mí misma.
  No decíamos nada, estábamos simplemente abrazados y a mí me hubiera gustado que en ese momento nos hubiésemos convertido en estatuas, porque no se me ocurría ningún sitio donde pudiese estar mejor que acurrucada en sus brazos.
 -Puri...-dijo muy bajito.
  Le miré a los ojos, y yo juraría que también les tenía un poco enrojecidos, pero seguro que era cosa mía.
 -Digo yo...-siguió diciendo- que lo de hoy ha sido precioso...pero...bueno...no sé, nadie aprende con una sóla lección, yo soy muy torpe ¿sabes? A lo mejor...
  No dijo “ha estado muy bien, nena” o “ha sido una gozada, guapa”, no. Dijo “ha sido precioso”, y aquello me gustó, porque le quitaba cualquier toque machista que pudiera tener la expresión y lo convertía en algo muy íntimo, como muy nuestro.
 Lo malo que tenía Mario era lo que le costaba soltar las cosas, porque desde que empezaba, hasta que arrancaba con lo que quería decir, se podían pasar dos horas.
 -Bueno, que tal vez...convendría repetirlo...por ir perfeccionando, quiero decir...
  Y le di  un beso en la mejilla que me salió del alma, porque con aquel beso tan sencillo le estaba diciendo todo lo que no le podía confesar abiertamente.
 -Sí- le dije- se  puede mejorar.
  Y después de otro beso, se fue de casa y me pareció como si toda mi vida hubiera estado con él, como si antes de Mario, yo no hubiese sido nada.

 Apenas cerrar la puerta, ya le echaba de menos, y me quedé allí, viéndome muy pequeña, muy pequeña, al lado del sentimiento que tenía dentro y que me ocupaba por completo.



                                    

5 comentarios:

claudia vera dijo...

como es q nadie ha comentado?? me encanto esta historiaaa, estuve riendo casi todo el tiempo por lo particular de sus frases, y en general me parecio espectacular, muy buena forma de redaccion muy buen historia y muy interesante...me leeria un libro completo

Beatriz Berrocal dijo...

Claudia: Mil gracias por comentar, la gente es muy perezosa para eso. Me alegra saber que las peripecias de Puri te han hecho pasar un rato divertido. Qué bien poder hacer sonreir con lo feo que está todo ahí fuera.
Saludos y gracias por leerme.

Anggie Vazquez dijo...

Genial!!! me fascinoooo ya kisiera yo tener una oportunidad asi con el chiko de mis sueños!!! lastima ke el solo me toma como amiga =( bien por puri, asi es como hay que animarse uno en todo!!!

Beatriz Berrocal dijo...

Gracias, Anggie, no sabes lo que me alegra saber que ete sencillo relato te gustó. Con respecto al chico de tus sueños, no te des por vencida, insiste, que de la amistad al amor hay un paso, todo es animarse a darlo. Abrazos!!!

MARYVI dijo...

Hermosa historia, me encanto.