Aunque no soy partidaria de quedarme anclada en el pasado, de vez en cuando no está mal echar un vistazo atrás y ver la evolución, que a veces ha sido positiva, y otras, deja mucho que desear. Todo es válido, porque de todo se aprende, lo importante es saber reconocer cuándo uno ha metido la pata y en esto soy experta pues he tenido múltiples ocasiones de comprobarlo a lo largo de los años que llevo ejerciendo de persona.
El cambio mayor que he notado desde que vivo fuera de la casa de mis padres y del pueblo, ha sido que lo de tener treinta años y estar soltera, aquí no tiene mayor trascendencia, mientras que allí sigue muy arraigada la idea de que la mujer, por mucho que haya progresado, ha nacido para casarse y tener unos hijos a los que cuidar.
Me ha pasado cantidad de veces eso de que algún amigo o pariente llegase a casa de mis padres y nada más verme soltase la preguntita:
-Pero Puri ¿no te has casado todavía?
Lo que más me molestaba era ese “todavía”, que indicaba claramente que para ellos, se me estaba pasando el arroz, por eso, cuando después se fueron enterando de que vivía sola, lo entendieron como una especie de renuncia al matrimonio, o sea, que no había nacido el valiente que quisiera cargar con Puri y por eso no me quedaba más remedio que resignarme y quedarme como ellos ya habían vaticinado “solterona”.
Afortunadamente, en el nuevo círculo de amistades en el que me movía, nadie consideraba importante la palabra matrimonio, más bien les infundía una especie de pánico, pero lo que les resultaba inconcebible era no mantener relaciones con quien fuese, lo importante era “mojar”, sin darle demasiada trascendencia.
La palabra “novios” había desaparecido del diccionario, y ante todo, lo esencial era tener bien claro que un desahogo esporádico o incluso ser pareja durante un tiempo, no implica un futuro en común, el objetivo parecía ser desterrar los compromisos.
A mí me parece bien, ya digo que respeto totalmente lo que cada uno haga con su vida, y si la gente está a gusto así, estupendo, pero claro, a cambio quiero la misma tolerancia para mi forma de pensar, que necesita un tiempo para adaptarse a tanto cambio, y a tanta contradicción porque vamos, hay cosas que no concuerdan.
Lo que más me sorprendía era que a pesar de tener el concepto de la libertad arraigado en sus costumbres y en su forma de actuar, mis nuevos amigos vivieran esclavos de la imagen.
Tanto culto al cuerpo, tanto perfeccionismo y tanta importancia a lo externo, yo creo que no permiten vivir con tranquilidad, porque es tal la obsesión que más que vivir, parece que estemos en una carrera de obstáculos donde hay que ir venciendo todas nuestras imperfecciones aunque sea a base de quirófano. Desde luego, al principio todo eso me resbalaba, era su vida y podían vivirla como quisieran, lo que más me dolió fue cuando me di cuenta de que, sin poderlo evitar, llegó a afectarme a mí misma, y en lugar de verme como siempre me había visto, como una chica normal y corriente, cambió esa percepción y empecé a sentirme una especie de monstruito con piernas.
Claro, tanto oír hablar de dietas macrobióticas, de alimentos hipocalóricos, de ejercicios aeróbicos y de no sé cuántas esdrújulas más, llega un momento en el que te sientes culpable cuando abres la nevera y ves una tarrina de mantequilla dispuesta para el ataque. Ves el salchichón, y lo miras con recelo, el pan es como tu enemigo y el azúcar un intruso en tu vida que sólo quiere acabar contigo. Comer un bocadillo de chorizo pasó de ser un placer a ser una especie de delito inconfesable y avergonzante, y los garbanzos y las alubias me perseguían en sueños queriendo atraparme en una olla grandísima donde había un cocido y una fabada que me tentaban para hacerme caer en la humillación más cruel.
Eso era justo lo que yo no quería que me pasase. Si nunca me había preocupado por el número de calorías que tenía esto o aquello, si yo terminaba de comer y me sentía a gusto, no podía consentir que mi entorno me afectase de tal manera.
No le echo la culpa a nadie, supongo que tengo una personalidad como la plastilina, que cualquiera puede moldear a su gusto, bueno, pues será así, pero el caso es que se me terminó contagiando aquella especie de sarampión anticalórico.
Llevaba treinta años sabiendo de sobra cómo era, y nunca pensé que las personas que pesaban diez kilos menos que yo, fuesen mejores, pero a base de pasarte por las narices las ventajas de la delgadez, de la belleza, de la dieta sana y equilibrada (pero aburridísima), sufres una especie de lavado cerebral que te obliga a hacerte socia del club del “pescado a la plancha” quieras o no.
Me pasé al otro bando, dejé de ser yo misma, de defender mis ideas y de pensar con mi cabeza y a pesar de que yo no quería reconocerlo, lo hice con la única intención de lograr que Mario se fijase en mí.
-A ti ese hombre te hace “tilín”- insistía Marta.
Procuraba no hacerle ni caso, pero en el fondo sabía que no le faltaba razón, más que “tilín”, Mario había hecho “tolón” en mi corazoncito de sólidos principios (hasta su llegada).
Yo era nueva en estas lides, no me había visto jamás cambiando ni uno sólo de mis gestos por gustar más a nadie, claro que había estado pirada a veces por chicos, y hasta por profesores, pero había sido distinto, no me había afectado hasta tal punto, se ve que los años hacen que las cosas te influyan de distinta manera, y la consecuencia fueron toda una serie de tonterías de las cuales luego me arrepentí.
El primer síntoma de peligro lo advertí cuando iba caminando por la calle tan tranquila y me miraba en los escaparates de las tiendas, el resultado de lo que veía no me gustaba nada.
El paso siguiente, también muy significativo por mi forma de pensar, fue empezar una dieta por mi cuenta. Todo lo que había pasado del tema hasta entonces se reveló contra mí y de repente me entraron unas ganas enormes de perder diez kilos en un día, era como una necesidad imperiosa de verme diferente, y claro, eso no puede ser.
Recuerdo el hambre que pasé aquel día (porque la intentona de dieta sólo me duró un día), fue un Domingo, no salí de casa, no había hecho la compra el sábado para no tener demasiada comida en casa (aunque algo había) y me mentalicé de no probar bocado en todo el día, sólo me permití beber agua, eso sí, agua cada cinco minutos.
Era tal el vacío de estómago que sentía que me daba la sensación de estar como una sílfide, como además, no hacía nada más que ir al baño a “desbeber”, me parecía que había perdido no diez, si no veinte kilos. Por la noche, estaba tentada de comerme las flores de plástico que tenía en la mesa de la sala, pero antes, no me aguanté más y me subí en la báscula para tener la satisfacción de ver que el sacrificio había merecido la pena.
La desilusión fue del mismo tamaño que el hambre que había pasado, no había perdido ni un gramo, ni un solo gramo, la báscula marcaba setenta kilos, los míos, los de toda la vida.
Para superar el chasco, lo único que se me ocurrió fue ir a la cocina y engullir todo lo que encontré comestible, que no era mucho, hasta que me encontré resarcida por aquel inútil día de ayuno.
Nunca más volví a intentar lo de la dieta milagrosa de un día, tuve que asumir que aquello no era para mí, al menos, aquella forma tan equivocada de hacerlo, tal vez debiera de haber empezado la casa por los cimientos, haber ido a un buen médico, haberlo hecho con control y con calma, pero como me parecía que lo mío era una urgencia, salió todo patas arriba.
El sacrificado esfuerzo de mis amigas por mantener la figura, se lo regalé de mil amores, todito para ellas, porque después de aquel conato de dieta que hice, me pasé una semana entera comiendo desenfrenadamente hasta recuperar mi ritmo normal, con lo cual, no sólo no bajé ni un gramo, sino que gané peso, aunque yo intentaba convencerme a mí misma de que el problema era la lavadora, que últimamente me encogía toda la ropa de forma inexplicable.
Descartada por completo la idea de cambiar mis hábitos alimenticios (que en realidad eran bastante normales), se me ocurrió que, tal vez, mi imagen pudiera mejorar apuntándome yo también a un gimnasio.
Me empezaron a obsesionar las siluetas delgadas, los cuerpos esbeltos que aparecían en los anuncios de la televisión en los que chicas delgadísimas anunciaban productos para celulitis o perder peso, cosa que desdeluego, ellas, no necestitaban.
Todo lo que antes había visto mil veces sin fijarme en ello, se me quedaba grabado, me sabía de memoria cada anuncio y asociaba perfectamente el producto con la cara y el cuerpo de la modelo en cuestión.
¿Dónde habían quedado mis teorías acerca de la imagen de la mujer? ¿Dónde estaba todo aquel sentimiento que yo tenía de defender la igualdad y la libertad de las mujeres para ser como quisieran sin lavados cerebrales?
No sé dónde estarían, pero desde luego, conmigo ya no, porque yo era otra.
No se me olvida el primer día que fui al gimnasio. Estaba convencida de que iba a salir de allí convertida en una especie de mujer diez. Me cogí todos los aparatos por mi cuenta y todo me parecía poco. Hice flexiones y abdominales como no había hecho en toda mi vida, levanté pesas, hice estiramientos, me encaramé a las espalderas, y me subí a la bicicleta estática pedaleando con tanto brío como si con cada vuelta de rueda yo fuese cambiando y pasando a ser la reina de la montaña o algo así. Menos mal que la bici no se movía, porque si no, hubieran tenido que ir a buscarme a Singapur. No sé cuánto tiempo estuve allí sudando la gota gorda, sólo sé que empecé a sentirme mareada, calada hasta los huesos y con una especie de flojera que no me permitía ni mover un dedo. De repente, un dolor muy agudo en una pierna me dejó completamente paralizada y tuve que pedir socorro porque no era capaz de bajarme, era como si me hubiese transformado en una pieza más de la dichosa bicicleta.
-Es un calambre- dijo el monitor que no sé dónde había estado hasta aquel momento- Pero ¿qué has hecho, chica?
No sé lo que habría hecho a parte de quedar como una mema y ponerme de todos los colores mientras me cogían entre dos cachas de aquellos que había allí y que no sé para qué iban al gimnasio si no lo necesitaban para nada. Me bajaron, y entre los dos me llevaron a donde estaba el masajista. La vergüenza que pasé mientras el tío se esforzaba en que la pierna volviera a ser mía, no se me olvidará en la vida. Me dijo de todo mientras yo aullaba de dolor, me puso pingando por haber hecho semejantes burradas sin “calentar”, pero ¿y yo qué sabía si era la primera vez en mi vida que pisaba una casa de torturas como aquella? ¡Bastante me imaginaba yo que antes de hacer nada, había que calentarse! Podían advertirlo, poner carteles por allí o avisar por megafonía, ¿yo qué sé? El caso es que en el momento en que le pareció que ya me había maltratado bastante, me mandó levantar y casi me fui al suelo del mareo que tenía. Claro que no dije ni pío, cogí mis cosas y medio a gatas salí del gimnasio para nunca más volver.
En vez de llegar a casa, como la mujer diez, que era mi ilusión, llegué como la mujer dos y medio, porque parecía que me habían echado veinte años encima. Al verme en el espejo que tengo en la entrada casi me da un infarto, estaba demacrada, con los ojos hundidos en medio del cerebro, con el pelo pegado a la cara de tanto sudar, y encima, cojeando porque la pierna me había quedado algo tocada, no sé si del tirón o de la paliza que me había propinado el masajista.
Era inútil, jamás me gustó el deporte, no fui capaz ni siquiera de aprender a saltar a la comba, odiaba todo lo relacionado con la actividad física por sana que fuese, y lo mismo que me pasó con la dieta, no se podía pasar de la inactividad total a la más brutal de las sesiones gimnásticas jamás contada. Estaba descubriendo que soy una mujer de extremos, el término medio no existe para mí.
Creo que desde ese momento aprecio más lo hermoso de unas carnes que tiemblan al andar, o la gracia que pueden llegar a tener unos michelines bien situados.
Me pasé todo un fin de semana tumbada en el sofá, dolorida como si me hubiesen pasado tres caminones por encima, y haciendo el único ejercicio de mover el dedo sobre el mando a distancia para cambiar la tele de canal.
Fue otro fracaso más que añadir a la lista, pero me valió para reencontrarme a mí misma, para recuperar, al menos en parte, a la Puri de siempre, la que reivindica el derecho que tiene cada uno a estar como le dé la gana sin tener, por eso, peor concepto de sí mismo.
Además, todas aquellas fallidas intentonas de cambiar, no valieron para nada, porque Mario seguía sin percatarse de mi presencia en la oficina como no fuese para preguntarme alguna cosa puntual, y si alguna vez se unía a nuestro grupo para tomar algo después del trabajo, yo pasaba totalmente desapercibida para él.
Más de una vez, Marta tuvo que darme un codazo para que pestañease de vez en cuando porque me quedaba embobada mirándole y no me daba ni cuenta.
-Cierra un poco los ojos, Purita, que estamos cerca del aeropuerto y se te va a meter un avión, anda.
Me negué a admitirlo, no quería ni siquiera pensar en ello, pues sabía que era una batalla perdida, pero cuando me di cuenta de que ya no dormía a pierna suelta como antes, de que por las mañanas me pasaba una hora delante del espejo tratando inútilmente de mejorarme, de que al llegar a la oficina me entraba como una especie de taquicardia galopante, no tuve más remedio que reconocerme a mí misma, que algo serio me estaba pasando.
Mario me atraía. Posiblemente fuese un gilipollas presumido, como ya se empezaba a rumorear por la oficina, pero a mí, aquel gilipollas me gustaba ¿qué se le iba a hacer?
Cuando se lo dije a Marta, pues necesitaba desahogarme con alguien, ella me animó mucho.
-No tienes nada que hacer, hija, ni lo sueñes.
-Gracias, guapa- le dije confortada por sus palabras- ¿qué haría yo sin ti?
-No es por animarte- siguió como si nada- pero si sigues haciendo todas esas bobadas en las que has andado metida, no vas a conseguir mucho, la verdad.
Así que, todos se habían dado cuenta de que yo había estado intentando llamar la atención, y por lo visto, lo logré, aunque no la de Mario, precisamente.
Me dio mucha rabia, nunca me había puesto en evidencia de un modo semejante, no iba con mi forma de ser y no pensaba seguir haciendo más el tonto por ningún hombre, fuese quien fuese.
Las intenciones eran buenas, eso hay que reconocerlo, traté por todos los medios de convencerme de que una mujer como yo, liberada, con trabajo, independiente y todas esas cosas, no necesita a su lado a un hombre, y razón no me faltaba, pero una cosa es tener las ideas claras, y otra llevarlas a la práctica.









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